(2 de marzo de 2025)
(Eclo 27,4-7; 1Cor 15,54-58; Lc 6,39-45)
ENTRADA:
Este
año santo en el que conmemoramos el dos mil veinticinco aniversario
del nacimiento de nuestro Señor, el santo padre nos ha convocado al
jubileo con el lema: “Peregrinos de esperanza”. Hoy que
recordamos a los más de cuatro mil misioneros españoles que hay en
Hispanoamérica, queremos recordar la historia de esperanza que ha
supuesto la fe para todos los hombres y mujeres que viven en aquel
continente.

ORACIÓN
DE LOS FIELES:
Sacerdote:
Unidos
en la misma fe y la misma esperanza, presentemos nuestras plegarias
al Padre:
Por
la Iglesia, para que, a pesar de las dificultades, nos anuncie
siempre el evangelio de esperanza y de alegría. Roguemos al Señor.
Oremos
por la pronta recuperación de la salud del
santo padre el Papa
Francisco para
que, confortado por la oración de los fieles y el auxilio de la
gracia divina, vuelva al ejercicio cotidiano de su ministerio al
servicio de toda la Iglesia. Roguemos
al Señor.
Por
los
cristianos, para que con la gracia del Espíritu Santo no nos
cansemos nunca de mostrar la esperanza de la salvación que nos da
Cristo. Roguemos al Señor.
Por
nuestros misioneros y misioneras que trabajan por predicar a Cristo
en América, para que su entrega y generosidad lleven paz y alegría
al corazón de las personas a las que han sido enviados. Roguemos al
Señor.
Por
los que hoy estamos celebrando la Eucaristía, para que dejemos al
Señor que arranque de nuestros corazones todo lo que nos aparta de
Dios y de nuestros hermanos. Roguemos al Señor.
Sacerdote:
Escucha,
Padre, nuestra oración, y transforma nuestros corazones con tu
gracia salvadora. Por Jesucristo, nuestro Señor.
EXHORTACIÓN FINAL:
(Basilio Caballero,
La Palabra de cada Domingo, Ed. San Pablo, Madrid)
Es justo bendecirte, Padre, porque
Cristo nos enseñó a conocer el fondo de nuestro corazón por los frutos que da,
pues lo que llevamos dentro, eso transparentamos en nuestra vida: verdad o
mentira, amor o egoísmo, bondad o maldad.
No permitas, Señor, que el vacío
interior de nuestro corazón convierta toda nuestra vida en un erial calcinado y
baldío.
Para eso, que la savia de tu
Espíritu dé fruto en nosotros mediante la escucha de la palabra en la oración y
el silencio, y por la práctica de las bienaventuranzas del reino de Dios.
Cúranos radicalmente de la
hipocresía, porque es en tu amor y tu gracia donde tenemos raíces y daremos
frutos de vida. Amén.
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